Esto es un viejo relato que tenía guardado por ahí y que he decidido rescatar para llenar un poco el blog. Espero que os guste.
Era uno de esos días
en los que todo parece estar en tu contra. Era uno de esos días en los que
todos te miran mal, y parecen querer echarte la culpa de todo lo que pasa a tu
alrededor. Era uno de esos días…
La persiana del cuarto
estaba medio echada, y la luz del crepúsculo se filtraba entre las cortinas
luchando por llegar hasta mí; apenas había claridad, sin embargo. La pantalla
del ordenador titilaba débilmente, como queriendo llamar mi atención,
indicándome que alguien me estaba hablando por el chat. “Habla”, dije “Nadie va
a oírte”. El pequeño icono de color melocotón siguió parpadeando, pero yo
continué con mi lectura, que se hacía imposible en la penumbra.
En estos días en los
que nadie te aprecia tal y como eres la solución no es esconderte, sino
esconderlos a ellos.
Tininí
Tininí
Maldije al icono y al
estridente sonidillo que producía, apagué la pantalla de un porrazo y cerré el
libro de golpe. A veces, cuando nadie quiere estar contigo, lo mejor es no
estar con nadie. Aunque nadie te quiera con locura y no piense más que en ti…
Pero eso no es culpa tuya, ¿no?
Al final, el calor
sofocante de la habitación comenzó a producirme una sensación de claustrofobia
que me impedía seguir leyendo. Aunque en el fondo, yo sabía perfectamente que
se trataba de otra cosa. Luché contra el impulso de encender de nuevo la
pantalla y clavarle el cursor sobre el pecho al endemoniado muñecajo verde,
para saber de una maldita vez qué era lo que quería de mí después de haberme
destrozado. Pero pude resistirme.
A veces, cuando los
demás nos encierran en una pompa de una sustancia tan férrea que no podemos
deshacernos de ella ni con el filo de un cuchillo, lo mejor es llorar. Pero
ojalá pudiera llorar y limpiarme por dentro, drenar la sustancia pegajosa y
asfixiante que corre por mis venas hasta quedar limpio de nuevo, vacío.
Quisiera llorar hasta que la verdina gobernara el suelo y las paredes de mi
habitación; hasta ahogarme en mis propias lágrimas.
No obstante, algunos
ya hemos olvidado cómo se hacía.
Harto de aquella
sensación de asfixia, me incorporé y abrí la ventana de par en par, permitiendo
que el fresco aire del atardecer acariciara mi rostro.
Es en estos días
cuando más se necesita a un amigo, a una persona que sepa comprenderte cuando,
sin decir una palabra, le llamas a gritos para que te escuche. Son estos días,
en los que todo parece tan gris, tan negro… cuando te das cuenta de que nadie
te aprecia lo suficiente. Le das vueltas a la cabeza, la martilleas con ese
enorme mazo de pesares que llevas siempre atado a la espalda, hasta que acabas
dándote cuenta de que, en realidad, no necesitas a cualquier amigo. No
necesitas a cualquier persona. Quieres a una en particular, una que siempre ha
estado ahí, hasta que dejó de estarlo.
Es en estos días
cuando menos has de pensar, pues pensar puede hacer mucho daño. No hay peor
arma que un pensamiento bien afilado.
Mirando hacia el
exterior descubrí la cantidad de ventanas que había en el resto de casas de
alrededor. Dentro de todas esas ventanas podría haber otras mentes torturadas
como la mía. Otros corazones fríos y sin vida, abandonados a su suerte.
¿Importaría, acaso, que una de ellas dejara de existir? En uno de esos días en
los que todos piensan en sí mismos menos en ti, ¿les importaría que, de
repente, tu existencia se evaporase como el gas de una cola al quitarle el
tapón? Y es entonces cuando piensas si de verdad lamentarían tu muerte, o
simplemente mirarían tu tumba, tu cuerpo exánime en su interior, con una
expresión de pesar en sus rostros. Quizás lo sintiesen… pero como quien siente
la muerte de un gorrioncillo que ni siquiera ha tenido tiempo de aprender a
volar.
Es en esos días en los
que imaginas tu funeral, cuando ves a la persona a la que amas allí de pie, en
silencio. En tu mente, intentas adivinar sus pensamientos. ¿Llora, o
simplemente es una figura más entre el gentío? Ni siquiera tú, en tu
imaginación, eres capaz de saberlo.
El cielo comenzó a
tomar tonos oscuros, abandonando los malvas que hacía tan sólo unos minutos
lucía con tanto orgullo.
El amor es algo tan
extraño… es como una rosa: bonito, exótico… pero pincha si te
aferras muy fuerte a él; no sientes el dolor hasta que no has visto la gota de
sangre. El amor es como una astilla, cuanto más le das para que salga, más se
te incrusta en la piel. El amor es algo horrible, pues si disfrutas con cada
momento que pasas junto a la persona amada, sufres el triple cada vez que te
alejas de su ser.
Cansado de tanta
tranquilidad, cerré la ventana y abrí de nuevo el libro. Me parecía imposible
poder volver a concentrarme en los conflictos internos del protagonista de la
historia, que no hacía más que hundirme una y otra vez en la miseria al
recordarme tanto a mí mismo y a lo que a mí me había sucedido.
Esta vez, la picadura
de la curiosidad fue demasiado fuerte, y el escozor incontrolable. Encendí la
pantalla, dirigí el puntero al icono, que seguía parpadeando como si su vida
dependiese de ello –y eso que carecía de ella- y la ventana de conversación se
abrió ante mis ojos.
Dos palabras en rojo,
repetidas infinitas veces, chocaron contra mi retina hasta casi hacerla
reventar.
Te quiero
El susto, provocado
por la avalancha de emociones que me impactó en aquel momento, hizo que apagara
la pantalla al instante. Traté de reponerme de un golpe de tal calibre, pero
pasaron varios minutos hasta que pulsé de nuevo el botón de on y la
conversación volvió a iluminar mis facciones. Esta vez, contestaría.
Es en uno de esos días
en los que las cosas no se piensan lo suficiente. Es en estos malditos días
grises cuando se olvida lo que de verdad se siente, lo que uno de verdad lleva
dentro, y sobre todo, lo que uno de verdad quiere decir. Es en esos días en los
que, en vez de recordar los buenos momentos, no eres capaz de ver más allá del
sufrimiento que has pasado, carcomiéndote por dentro, deseando que aquella
garra invisible que te atenazaba el corazón se evaporase. Es cuando uno de
estos días ya ha pasado, cuando te arrepientes de decir:
Lo nuestro se ha acabado…
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