Virginia siempre pensó que una madre querría
a sus hijos con toda su alma; hasta que se quedó embarazada.
Nunca quiso a Tomás. Desde el primer momento en que vio sus
diminutas manitas asomadas por la manta en la que estaba envuelto, fue incapaz
de verlo como algo suyo. Nada la unía a
aquel ser sonrosado y llorón, feo, arrugado, que se enganchaba a sus pechos y
succionaba su leche, insaciable, manteniéndola despierta toda la noche. No obstante, mantuvo sus sentimientos en
secreto. Tomás era su error y, como tal,
sólo ella era responsable.
En ningún momento hubo un padre para él. A ella le aterraba la idea de compartir con
otra persona aquella carga.
Su amor no aumentó con el paso de los años,
pero tampoco su odio. Tomás no era más
que una presencia que requería más atención que cualquier otro aspecto de su
vida, pero no por ello más importante.
Virginia se ocupaba de él en todo momento y nunca le faltó de nada,
salvo cariño. A menudo él iba a buscarla
para demostrarle su afecto, pero siempre se iba con las manos vacías; Virginia
no podía fingir lo que no sentía.
Tomás comprendió con asombrosa rapidez que
ella no lo quería. A la salida del
colegio veía a las otras madres besar a sus hijos, cosa que Virginia nunca
había hecho con él. Veía sus sonrisas,
su amor, y sentía rabia por dentro. No
tardó en notar un inmenso vacío que le atenazaba el corazón, un vacío que había
estado ahí desde el mismo día en que nació, y que le hizo sentir distinto. Si su madre no lo quería, nadie más lo haría.
En más de una ocasión, Tomás pensó en marcharse. Sabía que Virginia no se lo impediría, pero
sólo tenía ocho años, y ningún sitio adonde ir. Así que no tuvo otro remedio que soportar la
fría mirada de su madre hasta que cumplió los dieciocho.
Virginia, por su lado, moría por dentro cada
vez que lo miraba. Jamás fue tan desdichada
como esos años en los que compartió su casa con aquella criatura callada y
triste. Era como convivir con un
intruso. Por las noches lloraba,
abrazada a su vientre mientras recordaba…
El día que Tomás recogió sus cosas y se fue,
convertido en un hombre, le temblaban las manos de la emoción. Ese día se llevó con él muchas partes de
ella: sus ojos verdes, su pelo negro y
los años más oscuros de su vida. En
cierto modo, para ella fue una liberación.
Pasaría mucho tiempo hasta que ambos
volvieran a encontrarse.
Tomás se fue a la universidad. Aquella época supuso para él un gran cambio,
no sólo en su modo de vida, sino a nivel personal. Se abrió a la gente y conoció a muchas
personas que calarían en él como gotas de tinta en un trozo de papel en
blanco. Y aquello cerró, durante un
tiempo, el enorme vacío que lo oprimía.
Para pagar sus estudios se vio obligado a
trabajar día y noche como camarero:
durante el día en una cafetería y por la noche en un bar de copas. Aquello le hizo conocer a muchas mujeres con
las cuales mantenía relaciones esporádicas cada vez que surgía la ocasión. Fue otro modo de rellenar esa parte de él que
continuaba incompleta. Pero el paso del
tiempo le demostró que ninguna de ellas le proporcionaba lo que él andaba
buscando, por eso sus relaciones no duraban más de una noche. Desesperado, también buscó la compañía de
otros hombres, pero definitivamente nada de ello funcionó.
No fue hasta muchos años más tarde, mientras
yacía con una mujer que le doblaba la edad, cuando oyó por primera vez la
verdad que llevaba tanto tiempo esperando.
-Tú lo que necesitas es el amor de una madre
–dijo ésta. Tomás estaba bastante
convencido de ello, pero eso era algo que él nunca podría tener. Pensar en Virginia le producía rabia; no podía
entender cómo una mujer que lo había llevado dentro durante nueve meses, no
sintiera nada por él.
Por ello dejó de buscar el cariño en las
personas y empezó a hacerlo en los estupefacientes. Cambió a sus antiguos amigos y colegas por compañías
de dudosa reputación. Perdió peso.
Sus salidas nocturnas acabaron por impedir
que fuera a clase. Dejó de trabajar, por
lo que no pudo seguir pagando el alquiler del piso y tuvo que ocupar un
edificio en ruinas con algunos de sus nuevos camaradas. Poco a poco lo perdió todo, hasta que no tuvo
nada más que perder.
De sus pocas pertenencias, la dignidad fue
una de las últimas que dejó que la droga se llevara. Fue así como empezó a conseguir dinero cuando
éste se acabó: atracando pequeños
comercios, asaltando a personas indefensas que no suponían el menor peligro
para él, vendiendo mercancía robada…
Nunca sacaba mucho, pero sí lo justo como para no tener que soportar la
sobriedad.
Vivía en un mundo de tinieblas, sumido en un
constante sopor que lo anestesiaba de su dolor físico y mental. Tal vez el vacío que crecía en su interior no
había desaparecido, pero al menos así no era consciente de su presencia. Había perdido toda noción del tiempo y de la
realidad.
Vivió así –si es que vivir es un verbo que
pueda aplicarse a su estado- hasta que volvió a encontrarse con Virginia de
casualidad. Sucedió una noche de
verano: las calles estaban desiertas y
Tomás se arrastraba por ellas buscando algo de lo que aferrarse para seguir
viviendo, cuando ella apareció.
Al principio, no se reconocieron. Virginia jamás hubiera visto en aquél despojo
humano al hijo que una vez aborreció hasta el punto de alegrarse de su marcha;
él simplemente no veía más allá de sus sudores fríos y su síndrome de
abstinencia.
Cuando intentó atracarla, ella sacó su espray
de pimienta, pero nunca llegó a rociarlo con él. Cuando vio sus ojos verdes inyectados en
sangre, supo que tenía ante sí lo que quedaba de su pasado. Un pasado que durante años había intentado
borrar para fingir que no existía. Y fue
entonces cuando Virginia comprendió que el pasado siempre vuelve y que es
imposible deshacerse de él.
En aquel momento decidió hacer lo que desde
un principio debió haber hecho: armarse
de valor y enfrentarlo.
Empezó por llevar a Tomás a un hospital y
asegurarse de que asistiera a un programa de desintoxicación. Después de tantos años, volvió a hacerse cargo
de él, lo visitaba cada día y se preocupaba por su recuperación. No es que estuviera tratando de recuperar lo
que un día había perdido, pues en su interior sus sentimientos hacia él no
habían cambiado. Era más bien un
sentimiento egoísta que la empujaba a sincerarse con Tomás y librarse definitivamente
de aquella carga, pero antes de pasarle el testigo, debía cerciorarse de que
estaba completamente recuperado.
Se estableció entre ellos una fingida
pulcritud a partir de entonces. Virginia
le ofreció alojamiento mientras él recuperaba la vida, y fue así como Tomás
conoció a su marido, Fabián, y a sus tres hijos. El vacío que aún lo atenazaba se intensificó,
al igual que la rabia que sentía hacia su madre, cuando Tomás descubrió aquel
cuadro. Aquellos niños no eran como él,
Virginia los quería, y Tomás no podía evitar preguntarse qué tenían aquellos
niños para merecer el amor más que él.
Y entonces lo vio. Todas esas fotos de Virginia junto a su
reciente marido. En los años en que él
había vivido con ella jamás hubo en la casa fotos parecidas. Virginia parecía realmente feliz al lado de
Fabián. Y entonces Tomás lo comprendió. No hicieron falta muchas explicaciones.
Tomás había sido engendrado por la
fuerza. Era el fruto de una
violación.
No hizo falta que Virginia pronunciara las
palabras, que de cualquier forma se quebraron en sus labios. Cada vez que Virginia lo miraba, veía a su
violador. Su boca, sus manos. Tomás era para ella la cicatriz que no había
quedado en su cuerpo, el recuerdo de la que había quedado en su mente.
-Mi único pecado fue no librarme de ti cuando
tuve la ocasión –dijo entre lágrimas-. Pensé
que podría llegar a quererte algún día…
Pero ya ves, no pude.
Aquella vez fue la última vez que vio a
Virginia.
Aunque tardó más de lo que a Tomás le hubiese
gustado, después de un tiempo, el vacío que tanto daño le había hecho en el
pecho desapareció. Comprendió que no
había nada en él que estuviera mal o que fuera peor que otras personas. El hecho de que su madre no lo quisiera –no
pudiera quererlo- no le hacía inferior. Ahora
sabía que no era culpa suya.
No sin esfuerzo, recuperó sus estudios y logró
salir adelante. Dejó de preocuparse por
si era más o menos querido y se centró en dar todo el amor del que disponía. Una gran parte de ese amor fue para su mujer,
que logró entrar en su vida y quedarse para siempre; la otra estaría siempre
destinada a la educación de sus hijos, a los cuales quería con toda su alma.