sábado, 12 de abril de 2014

Noches putas

El marido se desnuda.  Se deshace de su ropa apresuradamente y la tira a una esquina de cualquier manera.  La puta también lo hace, pero despacio.  Se quita los pequeños trapos con los que se cubre y los dobla metódicamente sobre la silla.  Todo es un trámite.  El marido se abalanza sobre ella y la penetra.  No le hacen falta muchas atenciones para estar listo.  La puta se alegra, así acabará antes.

            La puta le entrega su amor, como cada noche.  El marido goza durante unos minutos y luego eyacula.

            La esposa llora.  Lo hace porque es una cornuda y porque sus ahorros van a parar al bolso de cualquier fresca.  Llora porque se siente sola, pero cuando el marido llegue a casa sonreirá y hará como si nada hubiera sucedido.  La esposa miente porque así no se siente sola.

            Tras varios minutos en los que intenta recuperar el aliento, el marido paga y se marcha.  No dice adiós.

            La esposa llora por su marido ausente, pero al final de la noche, es la puta la que se va sola a casa.

lunes, 27 de enero de 2014

La madre que no sabía querer


Virginia siempre pensó que una madre querría a sus hijos con toda su alma; hasta que se quedó embarazada.
Nunca quiso a Tomás.  Desde el primer momento en que vio sus diminutas manitas asomadas por la manta en la que estaba envuelto, fue incapaz de verlo como algo suyo.  Nada la unía a aquel ser sonrosado y llorón, feo, arrugado, que se enganchaba a sus pechos y succionaba su leche, insaciable, manteniéndola despierta toda la noche.  No obstante, mantuvo sus sentimientos en secreto.  Tomás era su error y, como tal, sólo ella era responsable.
En ningún momento hubo un padre para él.  A ella le aterraba la idea de compartir con otra persona aquella carga.
Su amor no aumentó con el paso de los años, pero tampoco su odio.  Tomás no era más que una presencia que requería más atención que cualquier otro aspecto de su vida, pero no por ello más importante.  Virginia se ocupaba de él en todo momento y nunca le faltó de nada, salvo cariño.  A menudo él iba a buscarla para demostrarle su afecto, pero siempre se iba con las manos vacías; Virginia no podía fingir lo que no sentía.
Tomás comprendió con asombrosa rapidez que ella no lo quería.  A la salida del colegio veía a las otras madres besar a sus hijos, cosa que Virginia nunca había hecho con él.  Veía sus sonrisas, su amor, y sentía rabia por dentro.  No tardó en notar un inmenso vacío que le atenazaba el corazón, un vacío que había estado ahí desde el mismo día en que nació, y que le hizo sentir distinto.  Si su madre no lo quería, nadie más lo haría.
En más de una ocasión, Tomás pensó en marcharse.  Sabía que Virginia no se lo impediría, pero sólo tenía ocho años, y ningún sitio adonde ir.  Así que no tuvo otro remedio que soportar la fría mirada de su madre hasta que cumplió los dieciocho.
Virginia, por su lado, moría por dentro cada vez que lo miraba.  Jamás fue tan desdichada como esos años en los que compartió su casa con aquella criatura callada y triste.  Era como convivir con un intruso.  Por las noches lloraba, abrazada a su vientre mientras recordaba… 
El día que Tomás recogió sus cosas y se fue, convertido en un hombre, le temblaban las manos de la emoción.  Ese día se llevó con él muchas partes de ella:  sus ojos verdes, su pelo negro y los años más oscuros de su vida.  En cierto modo, para ella fue una liberación. 
Pasaría mucho tiempo hasta que ambos volvieran a encontrarse.
Tomás se fue a la universidad.  Aquella época supuso para él un gran cambio, no sólo en su modo de vida, sino a nivel personal.  Se abrió a la gente y conoció a muchas personas que calarían en él como gotas de tinta en un trozo de papel en blanco.  Y aquello cerró, durante un tiempo, el enorme vacío que lo oprimía.
Para pagar sus estudios se vio obligado a trabajar día y noche como camarero:  durante el día en una cafetería y por la noche en un bar de copas.  Aquello le hizo conocer a muchas mujeres con las cuales mantenía relaciones esporádicas cada vez que surgía la ocasión.  Fue otro modo de rellenar esa parte de él que continuaba incompleta.  Pero el paso del tiempo le demostró que ninguna de ellas le proporcionaba lo que él andaba buscando, por eso sus relaciones no duraban más de una noche.  Desesperado, también buscó la compañía de otros hombres, pero definitivamente nada de ello funcionó.
No fue hasta muchos años más tarde, mientras yacía con una mujer que le doblaba la edad, cuando oyó por primera vez la verdad que llevaba tanto tiempo esperando.
-Tú lo que necesitas es el amor de una madre –dijo ésta.  Tomás estaba bastante convencido de ello, pero eso era algo que él nunca podría tener.  Pensar en Virginia le producía rabia; no podía entender cómo una mujer que lo había llevado dentro durante nueve meses, no sintiera nada por él. 
Por ello dejó de buscar el cariño en las personas y empezó a hacerlo en los estupefacientes.  Cambió a sus antiguos amigos y colegas por compañías de dudosa reputación.  Perdió peso. 
Sus salidas nocturnas acabaron por impedir que fuera a clase.  Dejó de trabajar, por lo que no pudo seguir pagando el alquiler del piso y tuvo que ocupar un edificio en ruinas con algunos de sus nuevos camaradas.  Poco a poco lo perdió todo, hasta que no tuvo nada más que perder.
De sus pocas pertenencias, la dignidad fue una de las últimas que dejó que la droga se llevara.  Fue así como empezó a conseguir dinero cuando éste se acabó:  atracando pequeños comercios, asaltando a personas indefensas que no suponían el menor peligro para él, vendiendo mercancía robada…  Nunca sacaba mucho, pero sí lo justo como para no tener que soportar la sobriedad.
Vivía en un mundo de tinieblas, sumido en un constante sopor que lo anestesiaba de su dolor físico y mental.  Tal vez el vacío que crecía en su interior no había desaparecido, pero al menos así no era consciente de su presencia.  Había perdido toda noción del tiempo y de la realidad.
Vivió así –si es que vivir es un verbo que pueda aplicarse a su estado- hasta que volvió a encontrarse con Virginia de casualidad.  Sucedió una noche de verano:  las calles estaban desiertas y Tomás se arrastraba por ellas buscando algo de lo que aferrarse para seguir viviendo, cuando ella apareció.
Al principio, no se reconocieron.  Virginia jamás hubiera visto en aquél despojo humano al hijo que una vez aborreció hasta el punto de alegrarse de su marcha; él simplemente no veía más allá de sus sudores fríos y su síndrome de abstinencia.
Cuando intentó atracarla, ella sacó su espray de pimienta, pero nunca llegó a rociarlo con él.  Cuando vio sus ojos verdes inyectados en sangre, supo que tenía ante sí lo que quedaba de su pasado.  Un pasado que durante años había intentado borrar para fingir que no existía.  Y fue entonces cuando Virginia comprendió que el pasado siempre vuelve y que es imposible deshacerse de él.
En aquel momento decidió hacer lo que desde un principio debió haber hecho:  armarse de valor y enfrentarlo.
Empezó por llevar a Tomás a un hospital y asegurarse de que asistiera a un programa de desintoxicación.  Después de tantos años, volvió a hacerse cargo de él, lo visitaba cada día y se preocupaba por su recuperación.  No es que estuviera tratando de recuperar lo que un día había perdido, pues en su interior sus sentimientos hacia él no habían cambiado.  Era más bien un sentimiento egoísta que la empujaba a sincerarse con Tomás y librarse definitivamente de aquella carga, pero antes de pasarle el testigo, debía cerciorarse de que estaba completamente recuperado.
Se estableció entre ellos una fingida pulcritud a partir de entonces.  Virginia le ofreció alojamiento mientras él recuperaba la vida, y fue así como Tomás conoció a su marido, Fabián, y a sus tres hijos.  El vacío que aún lo atenazaba se intensificó, al igual que la rabia que sentía hacia su madre, cuando Tomás descubrió aquel cuadro.  Aquellos niños no eran como él, Virginia los quería, y Tomás no podía evitar preguntarse qué tenían aquellos niños para merecer el amor más que él.
Y entonces lo vio.  Todas esas fotos de Virginia junto a su reciente marido.  En los años en que él había vivido con ella jamás hubo en la casa fotos parecidas.  Virginia parecía realmente feliz al lado de Fabián.  Y entonces Tomás lo comprendió.  No hicieron falta muchas explicaciones.
Tomás había sido engendrado por la fuerza.  Era el fruto de una violación. 
No hizo falta que Virginia pronunciara las palabras, que de cualquier forma se quebraron en sus labios.  Cada vez que Virginia lo miraba, veía a su violador.  Su boca, sus manos.  Tomás era para ella la cicatriz que no había quedado en su cuerpo, el recuerdo de la que había quedado en su mente.
-Mi único pecado fue no librarme de ti cuando tuve la ocasión –dijo entre lágrimas-.  Pensé que podría llegar a quererte algún día…  Pero ya ves, no pude.
Aquella vez fue la última vez que vio a Virginia.
Aunque tardó más de lo que a Tomás le hubiese gustado, después de un tiempo, el vacío que tanto daño le había hecho en el pecho desapareció.  Comprendió que no había nada en él que estuviera mal o que fuera peor que otras personas.  El hecho de que su madre no lo quisiera –no pudiera quererlo- no le hacía inferior.  Ahora sabía que no era culpa suya. 

No sin esfuerzo, recuperó sus estudios y logró salir adelante.  Dejó de preocuparse por si era más o menos querido y se centró en dar todo el amor del que disponía.  Una gran parte de ese amor fue para su mujer, que logró entrar en su vida y quedarse para siempre; la otra estaría siempre destinada a la educación de sus hijos, a los cuales quería con toda su alma. 

Besos de mar


Las olas del mar sus piernas lamían

Con labios de espuma y lengua salada.

Sobre su espalda de piel nacarada

Los fuertes rayos del sol refulgían.