sábado, 28 de enero de 2012

La ira de la bestia

Imagen de geodex
El héroe levanta la espada y el monstruo retrocede, agita sus poderosas alas y se aleja. No obstante, el héroe permanece alerta, escudo en ristre. La bestia lanza una ardiente llamarada y el héroe, con pies ligeros, la esquiva rodando por el suelo. Ataca con su acero, falla, esquiva un zarpazo y clava su espada en la escamosa piel del dragón. El monstruo abre sus gigantescas fauces y escupe fuego hacia el cielo, a la vez que un alarido lastimero surge de lo más profundo de su garganta.
          Pero aún no ha sido vencido.
          El héroe coge aire, aprieta el escudo contra el pecho y tantea el terreno bajo sus pies. Sus miradas se cruzan un instante. El monstruo se mueve rápido pero con cautela; sabe que el guerrero es un peligroso contrincante. El héroe se lanza hacia un lado para esquivar un zarpazo, pero la bestia, que ya conoce los movimientos de su adversario, abre sus fauces y lo apresa entre ellas con rapidez.
          El final se acerca y el guerrero reconoce su derrota. Sin embargo, no se rinde y con un último esfuerzo, mientras los poderosos colmillos le perforan el torso, lanza una última estocada hacia los ojos del dragón. El acero desgarra primero uno y después otro. La sangre brota abundantemente y salpica de lleno al guerrero, que cae al suelo como un odre de vino agujereado. El dragón gime, se retuerce y aúlla de dolor.
          El héroe se aparta a rastras. Tras de sí deja un reguero de sangre, pero en su cara se aloja una enorme sonrisa.

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