Las personas son un peligro.
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| Imagen de ArLapka |
Caminas por la calle sin preocupaciones, encerrado en tu pompa de cristal. Nadie sonríe y el mundo parece estar en calma. No hay emociones. Cada rostro que te cruzas es idéntico al anterior, inmutable. Las emociones de otros son un misterio que no te interesa descubrir.
Y de pronto ves un rostro descompuesto, una mirada perturbadora. Una mujer llora abrazada a otra. Una completa desconocida.
Y se quebranta la regla; igual que tu pompa de cristal revienta y tus emociones se desbordan. Creías estar protegido por una pared infranqueable y la sonrisa que has llevado todo el día cae como el telón de una obra de teatro al terminar el primer acto. Te creías fuerte para soportar el peso de tus emociones y, sin embargo, esa mujer, esa cualquiera, con su desvergonzada muestra de humanidad, de debilidad, te recuerda que el mundo no es un lugar tan perfecto y que tú no eres el único que sufre.
Te das cuenta de que todo es una fachada. Todos a tu alrededor llevan esa máscara de indiferencia para protegerse a sí mismos de sus propias emociones; el mundo tiene que pensar que eres feliz. La desconocida es peligrosa: su llanto amenaza con destapar nuestra tapadera.
Y sabes que ese descubrimiento debería ser algo bueno. Sabes que deberías reír porque seguro que hay males mucho mayores que el tuyo. Deberías estar dichoso. Pero no eres tan cabrón.
Aunque te gustaría.
