La
discusión llegó a su punto álgido cuando Eva soltó la ensaladera con el
almuerzo que aún llevaba en las manos.
Se hizo el silencio mientras el bol de cristal se deshacía en mil
pedazos contra el mármol, y el grito que crecía en su garganta murió antes de
haber nacido. Pablo resopló indignado y
se giró para no enfrentarla, desviando su mirada hacia la calle desde el
balcón.
-Estoy harta de que siempre evites
todas las discusiones -le espetó-, ¿me oyes? Harta. Siempre esquivándome y haciendo como que no ha
pasado nada. A veces pienso que no
tienes sentimientos.
-Para –gimió Pablo, apoyándose en la
barandilla y mirando en la dirección opuesta-.
Me haces daño.
-¿Daño? Eres tan frío que dudo que corra sangre por
tus venas. Hay momentos en los que me
pregunto si realmente te importo. –Eva
hizo una pausa, esperando una reacción que él no tendría-. ¿Por qué viniste a buscarme, Pablo? ¿Para esto luchaste por mí? Estaba mejor sola.
Pablo suspiró débilmente y masculló:
-Porque te amaba.
-¿”Porque me amabas”? ¿Y dónde está ese amor ahora, Pablo? ¿Te acuerdas acaso del día en que apareciste por
el bar y te declaraste?
>>Ese Pablo ya no existe. ¿Dónde está el chico que me enamoró con
palabras bonitas y romanticismo?
Recuerdo que entró una noche en el bar donde trabajaba y me preguntó si
yo iba incluida en la carta. Al
principio me pareció una frivolidad, pero cuando me dijo que me quería como
primer plato pensé que era un grosero.
Pablo ni siquiera se giró para
mirarla mientras Eva contaba su relato.
Se sabía bien la historia, pero al igual que ella, no sabía dónde estaba
aquel chico.
-La segunda vez que apareciste, me
pediste dos platos a pesar de no venir acompañado. Pensé que ya te habrías camelado a alguna
zorra, así que te los serví y no pregunté.
Entonces me cogiste de la mano y me pediste de rodillas que cenara
contigo. ¿Te acuerdas, Pablo? ¿Recuerdas que me suplicaste? Me prometiste que si cenaba contigo no me
arrepentiría, que no necesitabas más de una hora para demostrarme que podías
ser el hombre de mi vida si te dejaba.
-Y no aceptaste –añadió Pablo, con
una sonrisa.
-No, porque la verdad es que me
pareciste un gilipollas –continuó Eva-. Al día siguiente me estabas esperando
en la puerta con un gigantesco ramo de flores.
Todas distintas, atadas con una cinta de colores.
-Las había ido recogiendo por todos
los jardines que me había encontrado por el camino –siguió él-. Acabé con las
manos llenas de llagas; las rosas son flores peligrosas.
-Me diste tanta pena que tuve que
aceptar la invitación –rió Eva, acercándose a él por la espalda y haciendo el
ademán de tocarle el hombro. Pero Pablo
no se inmutó, seguía mirándola sin verla y oyéndola sin escucharla.
-Recogeré mis cosas mañana y me iré
–sentenció. Pablo ni siquiera respondió,
volvió la cabeza hacia el tráfico de la avenida que corría bajo sus pies y
asintió.
-Creo que tienes razón –dijo
finalmente-. Tal vez nunca debí haberte
enamorado.