lunes, 24 de diciembre de 2012

Teoría de los amores imposibles

Imagen de Perunamuumi en Deviantart.
No tenéis ni idea de cuán peligroso puede ser un amor imposible. Hay que tratarlos con cuidado y no jugar con ellos, pues son tan atractivos como destructores. Te capturan porque piensas que los puedes controlar. Crees que el mismo hecho de que sea imposible te protege de cualquier daño. Craso error.

            Los amores imposibles son el paradigma del romanticismo. Un amor que nunca va a ser consumado. Un amor que está destinado a fracasar desde el mismo momento en el que surge. Un amor que se quiebra y se transforma en necesidad cuando te das cuenta de que existe un obstáculo insalvable.

            Comprendes que no puede funcionar, pero quieres seguir intentándolo. En lo más hondo de tu corazón, deseas que no funcione. Quieres ser un mártir del amor, sentirte herido, porque eso ocupa el vacío que el amor no puede llenar. Si intentas deshacerte de él, te hiere. El amor imposible penetra, y cuando está dentro, despliega sus espinas para que no lo puedas sacar.

            Los amores imposibles luchan contra la irrevocable verdad de su existencia. El destino los persigue porque nunca tendrían que haber existido. Y los encuentra. Y una vez los ha acorralado, los machaca. Pero el amor imposible queda ahí, destruido, hecho añicos y clavado en lo más profundo de tu ser.

Es lo que tiene el destino, que no es muy cuidadoso y no se molesta en recoger los pedazos.  

martes, 20 de noviembre de 2012

Uno de esos días...

Esto es un viejo relato que tenía guardado por ahí y que he decidido rescatar para llenar un poco el blog. Espero que os guste. 

Era uno de esos días en los que todo parece estar en tu contra. Era uno de esos días en los que todos te miran mal, y parecen querer echarte la culpa de todo lo que pasa a tu alrededor. Era uno de esos días…
La persiana del cuarto estaba medio echada, y la luz del crepúsculo se filtraba entre las cortinas luchando por llegar hasta mí; apenas había claridad, sin embargo. La pantalla del ordenador titilaba débilmente, como queriendo llamar mi atención, indicándome que alguien me estaba hablando por el chat. “Habla”, dije “Nadie va a oírte”. El pequeño icono de color melocotón siguió parpadeando, pero yo continué con mi lectura, que se hacía imposible en la penumbra. 
En estos días en los que nadie te aprecia tal y como eres la solución no es esconderte, sino esconderlos a ellos.
Tininí
Tininí
Maldije al icono y al estridente sonidillo que producía, apagué la pantalla de un porrazo y cerré el libro de golpe. A veces, cuando nadie quiere estar contigo, lo mejor es no estar con nadie. Aunque nadie te quiera con locura y no piense más que en ti… Pero eso no es culpa tuya, ¿no?
Al final, el calor sofocante de la habitación comenzó a producirme una sensación de claustrofobia que me impedía seguir leyendo. Aunque en el fondo, yo sabía perfectamente que se trataba de otra cosa. Luché contra el impulso de encender de nuevo la pantalla y clavarle el cursor sobre el pecho al endemoniado muñecajo verde, para saber de una maldita vez qué era lo que quería de mí después de haberme destrozado. Pero pude resistirme. 
A veces, cuando los demás nos encierran en una pompa de una sustancia tan férrea que no podemos deshacernos de ella ni con el filo de un cuchillo, lo mejor es llorar. Pero ojalá pudiera llorar y limpiarme por dentro, drenar la sustancia pegajosa y asfixiante que corre por mis venas hasta quedar limpio de nuevo, vacío. Quisiera llorar hasta que la verdina gobernara el suelo y las paredes de mi habitación; hasta ahogarme en mis propias lágrimas. 
No obstante, algunos ya hemos olvidado cómo se hacía.
Harto de aquella sensación de asfixia, me incorporé y abrí la ventana de par en par, permitiendo que el fresco aire del atardecer acariciara mi rostro.
Es en estos días cuando más se necesita a un amigo, a una persona que sepa comprenderte cuando, sin decir una palabra, le llamas a gritos para que te escuche. Son estos días, en los que todo parece tan gris, tan negro… cuando te das cuenta de que nadie te aprecia lo suficiente. Le das vueltas a la cabeza, la martilleas con ese enorme mazo de pesares que llevas siempre atado a la espalda, hasta que acabas dándote cuenta de que, en realidad, no necesitas a cualquier amigo. No necesitas a cualquier persona. Quieres a una en particular, una que siempre ha estado ahí, hasta que dejó de estarlo.
Es en estos días cuando menos has de pensar, pues pensar puede hacer mucho daño. No hay peor arma que un pensamiento bien afilado. 
Mirando hacia el exterior descubrí la cantidad de ventanas que había en el resto de casas de alrededor. Dentro de todas esas ventanas podría haber otras mentes torturadas como la mía. Otros corazones fríos y sin vida, abandonados a su suerte. ¿Importaría, acaso, que una de ellas dejara de existir? En uno de esos días en los que todos piensan en sí mismos menos en ti, ¿les importaría que, de repente, tu existencia se evaporase como el gas de una cola al quitarle el tapón? Y es entonces cuando piensas si de verdad lamentarían tu muerte, o simplemente mirarían tu tumba, tu cuerpo exánime en su interior, con una expresión de pesar en sus rostros. Quizás lo sintiesen… pero como quien siente la muerte de un gorrioncillo que ni siquiera ha tenido tiempo de aprender a volar.
Es en esos días en los que imaginas tu funeral, cuando ves a la persona a la que amas allí de pie, en silencio. En tu mente, intentas adivinar sus pensamientos. ¿Llora, o simplemente es una figura más entre el gentío? Ni siquiera tú, en tu imaginación, eres capaz de saberlo.
El cielo comenzó a tomar tonos oscuros, abandonando los malvas que hacía tan sólo unos minutos lucía con tanto orgullo.
El amor es algo tan extraño…  es como una rosa: bonito, exótico… pero pincha si te aferras muy fuerte a él; no sientes el dolor hasta que no has visto la gota de sangre. El amor es como una astilla, cuanto más le das para que salga, más se te incrusta en la piel. El amor es algo horrible, pues si disfrutas con cada momento que pasas junto a la persona amada, sufres el triple cada vez que te alejas de su ser.
Cansado de tanta tranquilidad, cerré la ventana y abrí de nuevo el libro. Me parecía imposible poder volver a concentrarme en los conflictos internos del protagonista de la historia, que no hacía más que hundirme una y otra vez en la miseria al recordarme tanto a mí mismo y a lo que a mí me había sucedido.
Esta vez, la picadura de la curiosidad fue demasiado fuerte, y el escozor incontrolable. Encendí la pantalla, dirigí el puntero al icono, que seguía parpadeando como si su vida dependiese de ello –y eso que carecía de ella- y la ventana de conversación se abrió ante mis ojos. 
Dos palabras en rojo, repetidas infinitas veces, chocaron contra mi retina hasta casi hacerla reventar. 
Te quiero
El susto, provocado por la avalancha de emociones que me impactó en aquel momento, hizo que apagara la pantalla al instante. Traté de reponerme de un golpe de tal calibre, pero pasaron varios minutos hasta que pulsé de nuevo el botón de on y la conversación volvió a iluminar mis facciones. Esta vez, contestaría.
Es en uno de esos días en los que las cosas no se piensan lo suficiente. Es en estos malditos días grises cuando se olvida lo que de verdad se siente, lo que uno de verdad lleva dentro, y sobre todo, lo que uno de verdad quiere decir. Es en esos días en los que, en vez de recordar los buenos momentos, no eres capaz de ver más allá del sufrimiento que has pasado, carcomiéndote por dentro, deseando que aquella garra invisible que te atenazaba el corazón se evaporase. Es cuando uno de estos días ya ha pasado, cuando te arrepientes de decir:
Lo nuestro se ha acabado…

sábado, 28 de enero de 2012

La ira de la bestia

Imagen de geodex
El héroe levanta la espada y el monstruo retrocede, agita sus poderosas alas y se aleja. No obstante, el héroe permanece alerta, escudo en ristre. La bestia lanza una ardiente llamarada y el héroe, con pies ligeros, la esquiva rodando por el suelo. Ataca con su acero, falla, esquiva un zarpazo y clava su espada en la escamosa piel del dragón. El monstruo abre sus gigantescas fauces y escupe fuego hacia el cielo, a la vez que un alarido lastimero surge de lo más profundo de su garganta.
          Pero aún no ha sido vencido.
          El héroe coge aire, aprieta el escudo contra el pecho y tantea el terreno bajo sus pies. Sus miradas se cruzan un instante. El monstruo se mueve rápido pero con cautela; sabe que el guerrero es un peligroso contrincante. El héroe se lanza hacia un lado para esquivar un zarpazo, pero la bestia, que ya conoce los movimientos de su adversario, abre sus fauces y lo apresa entre ellas con rapidez.
          El final se acerca y el guerrero reconoce su derrota. Sin embargo, no se rinde y con un último esfuerzo, mientras los poderosos colmillos le perforan el torso, lanza una última estocada hacia los ojos del dragón. El acero desgarra primero uno y después otro. La sangre brota abundantemente y salpica de lleno al guerrero, que cae al suelo como un odre de vino agujereado. El dragón gime, se retuerce y aúlla de dolor.
          El héroe se aparta a rastras. Tras de sí deja un reguero de sangre, pero en su cara se aloja una enorme sonrisa.

sábado, 14 de enero de 2012