miércoles, 30 de enero de 2013

Las grandes historias




          -No puedo hacer esto, Sam.
          -Lo sé, ha sido un error. No deberíamos ni haber llegado hasta aquí.
          >>Pero henos aquí, igual que en las grandes historias, señor Frodo, las que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes peligros. Esas de las que no quieres saber el final, porque... ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad cómo ha sufrido?
          >>Pero al final todo es pasajero, como esta sombra. Incluso la oscuridad se acaba para dar paso a un nuevo día, y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aun cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Pero creo, señor Frodo, que ya lo entiendo. Ahora lo entiendo.
          >>Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran, pero no lo hacen, siguen adelante... porque todos luchan por algo.
         -¿Por qué luchas tú ahora, Sam?
         -Para que el Bien reine en este mundo, señor Frodo. ¡Se puede luchar por eso!


El Señor de los Anillos: Las Dos Torres; Peter Jackson. 2002.

domingo, 27 de enero de 2013


          "Nos hicieron creer que <<el gran amor>> sólo sucede una vez, generalmente antes de los treinta años. No nos contaron que el amor no es accionado, ni llega en un momento determinado. Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja, y que la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros, que nadie en nuestra vida merece cargar en las espaldas la responsabilidad de completar lo que nos falta. Las personas crecen a través de la gente".

      John Lennon.

Hay cosas que no deberían cambiar nunca




          << Pero lo que más me gustaba de aquel museo era que todo estaba siempre en el mismo sitio. No cambiaba nada. Podías ir cien mil veces distintas y el esquimal seguía pescando, y los pájaros seguían volando hacia el sur, y los ciervos seguían bebiendo en las charcas con esas patas tan finas y tan bonitas que tenían, y la india del pecho al aire seguía tejiendo su manta. Nada cambiaba. Lo único que cambiaba era uno mismo. No es que fueras mucho mayor. No era exactamente eso. Solo que eras diferente. Eso es todo. Llevabas un abrigo distinto, o tu compañera tenía escarlatina, o la señorita Aigletinger no había podido venir y nos llevaba una sustituta, o aquella mañana habías oído a tus padres pelearse en el baño, o acababas de pasar en la calle junto a uno de esos charcos llenos del arco iris de la gasolina. No puedo explicar muy bien lo que quiero decir. Y aunque pudiera, creo que no querría. […]
           Hay cosas que no deberían cambiar, cosas que uno debería poder meter en una de esas vitrinas de cristal y dejarlas allí tranquilas. Sé que es imposible, pero es una pena. >>

El guardián entre el centeno. J.D. Salinger.